El sistema vestibular es como un «GPS interno» ubicado en el oído. Le dice al cerebro en qué posición está el cuerpo, si se está moviendo, a qué velocidad y en qué dirección. Gracias a este sistema, los niños logran mantener el equilibrio, coordinar sus movimientos y sentirse seguros al explorar el mundo.
Cuando este sistema funciona bien, el niño trepa, corre y se columpia con confianza. Pero cuando el cerebro no procesa adecuadamente esta información, pueden aparecer dos tipos de respuesta muy diferentes.
Algunos niños necesitan mucho más movimiento de lo habitual para que su cerebro «registre» la información vestibular. Por eso saltan constantemente, giran sobre sí mismos, se mecen en la silla o buscan actividades de mucha intensidad. No es que sean «desobedientes» o «hiperactivos por capricho»: su cerebro está buscando la entrada sensorial que necesita para organizarse.
Estos niños suelen ser descritos como «el que no se queda quieto» o «el que siempre está corriendo». Lo que en realidad sucede es que su sistema nervioso necesita una dosis de movimiento mayor para poder funcionar de manera organizada.
En el otro extremo están los niños que rechazan las actividades de movimiento: no quieren columpiarse, les da miedo bajar por un rodadero o se sienten inseguros cuando sus pies despegan del piso. Dentro del marco de la integración sensorial, esta respuesta se conoce como inseguridad gravitacional y aversión al movimiento, y refleja que el cerebro interpreta el movimiento como una amenaza, aunque no exista un peligro real.
Estos niños no son «flojos» ni «consentidos». Están protegiendo un sistema nervioso que se siente vulnerable ante experiencias de movimiento que para otros niños resultan naturales y placenteras.
Cuando el procesamiento del sistema vestibular no funciona de manera adecuada, las consecuencias van mucho más allá del movimiento. El impacto se refleja en cómo tu hijo participa en los diferentes espacios de su vida cotidiana.
Las rutinas básicas se vuelven difíciles: bañarse puede generar miedo si el niño necesita inclinar la cabeza hacia atrás, vestirse se complica cuando pierde el equilibrio al pararse en un solo pie, y actividades como subir escaleras o montar en bicicleta se convierten en fuente de frustración o ansiedad. El niño que busca movimiento, por su parte, puede convertir cada momento de la rutina en una experiencia caótica: salta de la cama, corre por la casa y tiene dificultad para permanecer sentado durante las comidas.
El impacto es especialmente visible. El niño que necesita moverse constantemente no logra mantenerse en su puesto, se levanta con frecuencia y puede parecer que «no presta atención». El niño que evita el movimiento se queda al margen en las clases de educación física, evita los juegos del recreo y puede mostrar inseguridad en actividades tan sencillas como sentarse en una silla sin espaldar o caminar en superficies irregulares. En ambos casos, el rendimiento académico puede verse afectado porque el cerebro está tan ocupado procesando (o buscando) información de movimiento que le queda poca energía disponible para aprender.
Las dificultades vestibulares pueden aislar al niño de sus compañeros. Los parques de juego, que deberían ser espacios de diversión, se convierten en lugares intimidantes para el niño con inseguridad gravitacional y aversión al movimiento. El niño que busca movimiento intenso puede jugar de forma brusca sin intención de hacer daño, lo que genera rechazo por parte de otros niños. Con el tiempo, estas experiencias pueden afectar su autoconfianza y su disposición para participar en actividades grupales.
Terapeuta Ocupacional. Certificada en Integracion Sensorial de la Univerdidad del Sur de California. Certificada en Integracion Sensorial Clasi-Occupare
A veces es difícil saber dónde trazar la línea entre un niño simplemente activo y una verdadera necesidad de apoyo. Si notas que la necesidad de moverse de tu hijo (o su rechazo a hacerlo) hace que su día a día sea más difícil o frustrante, no tienes que resolverlo a solas. Una evaluación es simplemente una forma de entender cómo funciona su «GPS interno» para poder acompañarlo mejor.

Para dar el primer paso, responde esta pequeña encuesta orientativa. Es una herramienta sencilla diseñada para ayudarte a identificar si lo que observas en casa son señales que merecen la atención de un experto.
¿Sientes que la necesidad de movimiento de tu hijo afecta su día a día? Responde estas breves preguntas pensando en su comportamiento habitual y descubre qué nos está diciendo su cuerpo.
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